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23 diciembre 2008

Un paseo por afuera del discurso: ¿qué hacen las lesbianas en la cama?

Por Susana Draper
Estudió teatro. Es licenciada en filosofía, master por Luisiana State University. Actualmente realiza cursos de doctorado en Michigan University, Ann Arbor.


Aunque suene un poco arcaico, resulta interesante ver cómo la pregunta "¿Qué hacen las lesbianas en la cama?" ha conformado un nudo problemático que derivó en obsesión para un grupo considerable de individuos. Como es hoy más que sabido, el supuesto "secreto" alrededor del "sexo" no ha producido más que una relativa verborragia que, en términos de "prohibición" y bases para las condiciones de existencia del pecado, se ha dedicado a describir y detallar una red discursiva que bien podría hoy constituir una enciclopedia pornográfica escrita por los más cercanos servidores de los dioses.

Un artículo titulado "When Women Love Women: Dis-Accomodating Lesbian Acts..." presenta un interesante recorrido que nos muestra cómo, en los sistemas discursivos (ya sea religiosos o seculares) que han cercado la actividad sexual, el caso de las lesbianas ha formado un agujero negro a la hora de determinar las razones por las cuales tal "opción" constituye un acto pecaminoso. La imposibilidad de hallar una respuesta "razonable" y detallada acerca de "cómo" el acto sexual entre mujeres (que se corresponda con un "por qué") se ha de convertir en pecado, ha dejado un curioso vacío en lo que concierne a insertar la "lesbianidad" dentro del solemne espectro del pecado mortal, la condena, o brevemente, de cualquier tipo de "enojo" justificado por el dios a través del que se mire.

En otras palabras, el estatuto moral-religioso de la lesbiana como pecadora ha quedado rodeado de un aura enigmática, ya que en el fondo del asunto se presenta la imposibilidad de adjudicar un espacio discursivo a las relaciones sexuales entre mujeres. Esto implica la imposibilidad de especificar el pecado por la imposibilidad de entender el acto pecaminoso.

El artículo mencionado más arriba brinda una detallada lista del emporio de dificultades que han enfrentado diferentes discursos, ya sea religiosos o seculares, a la hora de subsumir la "lesbianidad" bajo sus sistemas discursivo-categoriales.

1- "/¿/ Coito sin penetración /?/"

Ya sea en la cultura islámica, judeo-cristiana o greco-romana, ésta ha sido una pregunta ineludible, cuyo correlato "cognitivo" sería encontrado en las preguntas sobre ¿cómo pescar sin una caña? o ¿cómo copular sin pene? En opinión de algunos, tales enigmas se resuelven de modo tajante, razonando que "no importa cuánto una mujer pueda "jugar" (entiéndase también frotar, etc.) con otra: sin pene no hay sexo."(Boy Wives and Female Husbands, 1998:233)

En el Livre de Manieres, escrito en la temprana modernidad, el obispo Etienne de Fougere argumenta que el coito entre mujeres es tan absurdo como abominable, otorgando como ejemplo de semejante estupidez el acto de intentar pescar "con caña" sin tener la caña (lo que lleva a sentenciar que el acto sexual entre lesbianas no es más que un esfuerzo inútil, desgaste de energías, acción innecesaria, etc.). El obispo argumenta que es tonto y constituye, por lo tanto, un sinsentido que las mujeres encuentren diversión y "placer justificado" cuando una hace "de macho" mientras la otra hace "de hembra". Tal sinsentido puede explicarse parcialmente por el contexto dentro del cual lo "sexual" ha adquirido "sentido":

2- pene-penetración

El estatuto ontológico del sexo se plantea a través de este dúo (pene-penetración). La ausencia de tal pareja nos remite a que la razón de ser del acto "sexual" desaparece en tanto tal, lo que nos remite al núcleo alrededor del cual se mueve "When Women Love Women": "¿Qué estatuto teológico se le podría adjudicar a la actividad sexual entre lesbianas? ¿Ha sido entendido el acto sexual entre lesbianas como un pecado importante o se lo ha considerado religiosa y secularmente como un juego perverso?" Si el sexo se ha entendido en tanto equivalente del par pene-penetración , la pregunta que aparece es: ¿qué podrían hacer las lesbianas para que tales actos adquieran el estatuto de "sexuales"? Uno de los hilos que nos conduce a semejante problema sería el de la siguiente fórmula: "Penetrar versus Frotar". Tanto la penetración como la descarga de semen han tenido bastante relevancia en diversas tradiciones religiosas y seculares. Pero, ¿qué pasa con el mero "frotar"? No faltan personas que se hayan preguntado: "¿Es el frotamiento entre lesbianas una copulación fallida?" Esta pregunta nos lleva a revisar la asimetría fundamental que se desprende de otro dúo: actividad-pasividad.

3- Actividad- Pasividad: ¿machona virtuosa, hombruna pensante o la penetrada de por vida?:

la actividad sexual ha sido gobernada por una estricta división entre lo activo y lo pasivo, siendo atributo del hombre el primero y de la mujer el que le sigue. A esta pareja de atributos le sigue todo un orden socio-cultural jerárquico que se vincula con la virtud y honor que el polo de la actividad otorga (y que hasta hoy funciona, y que verificamos en el hecho de que el hombre que penetra a otro es "mucho más macho" que el penetrado, quedando así fuera de cuestión la "macheidad" que ha perdido el penetrado, que por ende pasa a ser "mucho más" afeminado).

Enfrentamos ahora otra pregunta: si bien el varón podía y puede pasearse gradualmente entre lo activo y lo pasivo, siendo lo más "noble" el hecho de lograr la actividad total (penetrar siempre), la mujer no fue pensada en términos del polo activo. Su atributo de pasividad suponía el hecho de ser "la penetrada" de por vida. Descolocando este sistema categorial, la lesbiana queda fuera del orden del discurso y hace saltar muchas preguntas: ¿Cómo administrar entre lesbianas la pareja actividad-pasividad sin remitir al masculino penetrar ni a la femenina penetrada? Si pensamos la penetración en términos extra-"pénicos": ¿Cuál es el estatuto ontológico que se le habría de otorgar a un consolador cuya "masculinidad" (si atribuíble) no pertenece ni a una ni a la otra?

El vacío que implica pensar la actividad lésbica evitando las acusaciones de la pareja masculino-femenino nos remite a lo que más arriba se denominó el acto de pasear por afuera del discurso. De lo contrario, bajo la nómina de la pareja masculino-femenino, esto es, dentro de los límites del pensamiento analógico, existen un sin fin de referencias a las lesbianas. Por ejemplo, Marco Aurelio Marcial se refiere a una mujer lesbiana en tanto "hombruna-voraz". Otro caso interesante es el de la Abadesa del Convento de la Madre de Dios (1619-1623), la Hermana Benedetta Carlini, quien obligaba a sus subordinadas a mantener relaciones sexuales varias veces por semana. Este caso se comenta en el "Tratado de enfermedades crónicas" (Soranos) de este modo:

"Actuando como si fuera un hombre, ella [la Hna. Carlini] se movía encima de la subordinada con tal intensidad que ambas quedaban corrompidas."

La Explicación viene luego (analogía): "Un clítoris de tamaño excesivo hace que las mujeres padezcan desórdenes ... Estas mujeres viven siendo afectadas por la lujuria de los hombres [entiéndase erección] adquiriendo un deseo similar al de ellos."

Para evitar tales lujurias la solución que se presentó fue cortar aquellos "semejantes" clítoris ya que "un órgano femenino que pueda actuar como órgano masculino puede hacer que la mujer desee comportarse "sexualmente" como un hombre."

Esto nos remite otra vez al viejo y conocido funcionar del pensamiento analógico. Sin embargo, siguiendo la lógica que se nos presenta en tanto resumen de retóricas frustradas en "When Women Love Women" es interesante ver cómo el pensamiento analógico ha podido funcionar de un modo muy limitado cuando llega el caso de sentenciar a las lesbianas por mantener actos que sean "sexuales" y luego pecaminosos. Para entender tal limitación, es importante el rol que desempeñan las diversas parejas mencionadas más arriba: actividad-pasividad en relación con el dúo pene-penetración, ya que componen el campo semántico de lo que se ha entendido por "sexo".

Ni bien salimos del certero reino de la analogía que comparece la tara que impide armar un catálogo preciso de la actividad sexual entre lesbianas. Queda entonces el problema de qué sentido puede poseer la "actividad" "sexual" si las personas que participan en ese acto no poseen atributos "masculinos-activos-pene-penetrativos" (calificables, luego, de sexuales) dejando a un lado a las vigorosas hombrunas de Marcial y a las super-clitorinas de Soranos.

(Fuente: henciclopedia.org.uy)

20 diciembre 2008

La Cultura Butch - Femme

Butch-femme: significa una parte importante de la cultura lesbiana ligada a los locales de ambiente en la segunda parte del siglo XX. Como sabemos "butch" designa a una lesbiana "masculina", mientras que "femme" a la lesbiana más femenina. Pero los orígenes de la cultura butch-femme habría que rastrearlos hace casi 100 años y es un legado cultural que, en muchos países, forma parte de la cultura lésbica, la hace reconocible y forma también parte de la propia identidad lésbica.

Los orígenes exactos de la identidad butch-femme son desconocidos, pero se encuentran referencias a ellos ya en el XIX. En esa época había parejas de mujeres que encarnaban a esos dos estereotipos. Muchas veces el estereotipo no era simplemente de imagen, sino que se extendía hasta los roles. Así una mujer butch juega con los roles masculinos y la lesbiana femme con los femeninos.

No obstante, en muchas ocasiones, ser una butch o una femme, no va más allá de las apariencias y el juego de roles que se establece sirve para desestabilizar a aquellas personas que creen que una imagen tiene que ir seguida de un determinado comportamiento. Así, una lesbiana butch puede asumir en casa o en la cama roles tradicionalmente femeninos y al contrario para una lesbiana femme. En principio, la adopción de una estética butch formaba parte de un identidad lésbica y de una manera de hacerse reconocibles, de un código de comportamiento, de la misma manera que "la pluma rosa" de los gays podía significar para ellos una manera de hacerse visibles.

En los años 20 del pasado siglo, la cultura urbana de los bares gay-les impuso un código butch-femme, de manera que las lesbianas o eran una cosa u otra. Eso ayudaba en un momento en el que podían surgir dudas acerca de sus identidades. El código era estricto en comportamiento, vestimenta etc. En una bar de lesbianas en Massachussets llegaron a tener incluso cuartos de baños separados. Las lesbianas butch visten ropas masculinas, llevan el pelo corto, fuman y buscan parejas femme. Aunque, según dicen, no quieren ser ni se creen hombres. Por el contrario, las femmes, tienen una apariencia completamente femenina.

En los países latinos, la estética butch femme nunca ha sido tan rígida como en EE.UU. y muchas lesbianas tenían desde el principio problemas para identificarse con una u otra identidad. En los EE.UU. las lesbianas que no eran ni una cosa ni la otra, se llaman "Kiki". En los años 60, los años del feminismo, muchas mujeres se quejaron de esta dicotomía porque, según ellas, era una burda imitación de los roles heterosexuales y más bien adoptaron un look andrógino. Pero a pesar de esto, en los 90 la estética butch-femme volvió con fuerza porque muchas lesbianas se sentían identifica con ella. Finalmente ha quedado fijada como una importante fuente de expresión de la cultura lésbica.

(Fuente: somoslesbianas.blogspot.com)

15 diciembre 2008

Acoples subvertidos: Roles sexuales en las parejas de lesbianas

"Es válido que las lesbianas fantaseen con lo que quieran". Diana Cordero, autora del libro "Roles sexuales en las parejas de lesbianas".

De la discusión que plantea en el texto, es el tema que se aborda en esta entrevista desde Caracas, Venezuela, donde reside la autora.

Es psicoterapeuta, sexóloga e investigadora. Con todos esos títulos, Diana Cordero - 48 años- se ha ganado un lugar en los debates que se llevan a cabo dentro del mundo intelectual y activista lesbiano, donde convergen distintas posturas desde el feminismo lesbiano hasta llegar a la cuestionada "teoría Queer".

En su libro "Acoples subvertidos. Roles sexuales en las parejas de lesbianas" Diana expone los resultados de distintos talleres al que asistió con lesbianas. En ellos, conversaban sobre sexualidad y sus conclusiones, pusieron en el tapete un tema que ya es recurrente en foros de encuentros y chateo virtual: los roles en el que suelen caer las lesbianas, como respuesta natural ante una sociedad conformada de esa manera.

"Creo que en la mayoría de los casos existen los roles. No podría decir que en todas las parejas, porque de hecho hay parejas que niegan que esto exista en su vínculo, pero en general de una u otra manera esto se hace visible. Y esta forma de relacionarse tiene que ver con el deseo y la expresión de la sexualidad", confiesa la profesional.

¿Las lesbianas pueden evadirse de ellos?
Puede ser que sí. Yo no conozco casos puntuales en que efectivamente las lesbianas se evadan de estos roles, ya que esto es tan loco como decir que nos evadimos de la cultura y eso es imposible. Lo que sí creo que se puede, es flexibilizar las actitudes rígidas, cuestionar el autoritarismo, visibilizar la existencia del poder en los vínculos. Esa es la única forma de resistir dignamente parte de los mandatos.

¿En qué medida se pretende "normalizar" la lesbiandad?
Entiendo que se la normaliza en la medida en que se niega la existencia de roles, en que se pretende construir una imagen artificial de "todas las lesbianas son dulces, cálidas, femeninas, etc." o en que se declama, la inexistencia de vínculos de poder o de violencia en las relaciones lésbicas.

¿Cuáles fueron las principales conclusiones de tu libro "Acoples..."?
Creo que no hay tantas conclusiones como propuestas para que pensemos y reflexionemos las actitudes de discriminación y exclusión que reproducimos una y otra vez. En el libro, invito a que cuestionemos el autoritarismo con que se dice "No a los roles", por parte de algunas lesbianas feministas o algunas mujeres de la comunidad lésbica.

¿Qué pasa con aquellas lesbianas que naturalmente se las asocia con un rol masculino?
El rechazo a las mujeres masculinizadas por parte de todos los grupos, reproduce la estigmatización que de ellas ha hecho la iglesia, el poder médico, la gente en general. Es por eso, que más que conclusiones, que en efecto aparecen fruto de la investigación realizada durante dos años y presentada en el libro, lo más importante es abrir un panorama de rever los propios prejuicios y evidenciar la forma en que generamos actitudes discriminatorias equivalentes a otros sectores de poder con los que no tenemos nada que ver, que son claramente nuestros enemigos.

Pero las lesbianas más masculinas ¿igual están revirtiendo los códigos patriarcarles?
Supongo que a nivel personal a cada una le pasará algo diferente o no. Pero sí a nivel social, entiendo que es revulsivo lo que genera. Siempre hay un desafío, una incomodidad, alguien que usurpa lo que la cultura dice que es "sólo para los hombres". En ese sentido, lo performativo es de una transgresión impresionante. Por eso en el libro, aparece una justa reivindicación a esas mujeres más masculinizadas que realizan desde su práctica de vida, una resistencia concreta al orden y la moral establecida. No hay mayor transgresión que desafiar esos lugares históricamente ocupados "naturalmente" por los varones, nada puede causar más irritación al poder.

Algunas lesbianas feministas más radicales en décadas pasadas, renegaron de cualquier forma de penetración en la relación sexual entre dos mujeres ¿Es válido el que algunas lesbianas fantaseen con los juguetes o dildos en sus relaciones?

Si las lesbianas feministas reniegan de la penetración en las relaciones sexuales, me parece perfecto. Es completamente válido. Justamente defiendo la libre elección en el ejercicio de la sexualidad. El problema es que esta postura trate de imponerse en forma autoritaria o como mandato expreso.

¿Cómo así?
Quiero decir que es válido que las lesbianas fantaseen con lo que quieran. Ser perro, planta, con un dildo, con juguetes o con un pene. Ya no se puede admitir que alguien nos diga cómo ejercer nuestra sexualidad (sea quien sea) y menos cómo pensarla o fantasearla.

"Lesbianismo no implica conciencia"

En tu libro cuestionas "el carácter angelical" que se le quiere dar a la sexualidad lesbiana, ¿a qué te refieres?


Lo que cuestiono es la imposición y la generalización de esta característica que entiendo como normalizante, como una forma de decir "el sexo duro" no es para las lesbianas, las lesbianas deben coger dentro de estos parámetros de dulzura, ternura, etc. Está bien si una no quiere esa sexualidad o no le cuadra para nada o no le genera la menor onda ¿Quién dice cómo es o debe ser la sexualidad lesbiana?

Según tu visión, ¿hay una mayor conciencia de la lesbiana por cuestionarse las formas que la normatizan en esta sociedad?

Lesbianismo no implica conciencia. En Venezuela, por ejemplo, hay una gran cantidad de lesbianas sumamente conservadoras. La mayoría en realidad. En Argentina, la cosa no es muy diferente. Creer que la preferencia sexual determina per se cuestionamiento de las normas sociales, es un serio error. Claro, hay que reconocer que hay mayores posibilidades de que esto ocurra, debido a que las prácticas son determinantes y en algún momento, puede aparecer una apelación a revisar las normas, los mandatos. Indudablemente, que hay una vivencia diferente desde la discriminación que se vive, pero bueno, las negras, las discapacitadas, las indígenas, también atraviesan esas instancias, pero no siempre determina conciencia de opresión

En algunos capítulos de tu libro, mencionas a la teoría Queer ¿Cuál es tu opinión respecto a este corriente?
La teoría Queer es un salto cualitativo en la forma de entender el mundo, las ideas, nuestra prácticas. Es una visión que nos dispara todas las posibilidades de análisis y de reflexión creativa. Eso sí, hay momentos, coyunturas históricas en que no podemos trabajar sólo desde ahí. Es verdad, por ejemplo, que el concepto de identidad es discutible, hay que revisarlo, se lo puede cuestionar. Sólo que hay estrategias de lucha, en las cuales no hay opción: se deben rescatar, por ejemplo, los conceptos identitarios para organizar la lucha, para agrupar, para reunir. Pero una cosa es que sea necesario y otra que sea indiscutible. Creo que la teoría Queer, va varios pasos más adelante que la realidad que nos circunda.


(Fuente: Rompiendoelsilencio.cl)

13 diciembre 2008

Lesbianismo y roles de género (activa, pasiva, moderna)

Últimamente hemos encontrado varios comentarios sobre roles de género, así que al ser un tema bastante controversial nos hemos puesto a buscar información al respecto y encontramos éste excelente artículo, largo pero muy recomendado. (GLP)

Por Dolores Juliano
Licenciada y Doctorada en Antropología, catedrática Universidad de Barcelona. Especializada en temas de género, procesos de migración y cambio social, y antropología de la educación.

Las relaciones sociales se basan en expectativas compartidas. Cada persona sabe qué es lo que debe esperar de las demás y tiene una idea bastante clara de lo que las demás esperan de ella. Esto se debe a que en cada cultura existen roles asignados, que marcan las conductas deseables y señalan cuáles se consideran desviadas o incongruentes. Los roles sociales implican una fuerte limitación de las posibilidades de actuar, pero brindan seguridad y tranquilidad. Hacen el mundo predecible, aunque estrecho. Por eso la actitud más frecuente es protestar contra las limitaciones que implican, pero jugarlos en general. Ser hija, ser empleada, ser vecina, implican papeles que condicionan nuestra libertad, pero nos permiten actuar sin angustia.

El “qué dirán” es la manifestación interiorizada de las expectativas que creemos que los demás tienen sobre nosotras. No dependen de lo que las otras personas piensen en la realidad, depende de lo que nosotras pensamos que piensan. Dice una escritora brasileña: “La sociedad en que vivimos tiene muchos ojos y brazos, que nos vigilan e interfieren en nuestra realidad. Uno de ellos se llama opinión ajena..." Fuera de las paredes domésticas, nuestra inserción en una cultura tiene una fuerza inaudita. Para superarla necesitamos discernimiento, no precisamente una dosis de juventud.

"Mientras no alcanzamos la madurez somos mucho más vulnerables ante esa presión”(Luft, 2005)(p.38] Entre los roles más elaborados están los de género. A la diferencia sexual, que no implica conductas, se suma la expectativa social sobre cuáles son las formas de actuar de los hombres y cuáles son las de las mujeres. Para legitimar esta construcción social estas conductas asignadas se naturalizan. La consecuencia está en la idea generalizada de que los hombres y las mujeres, por serlo, se comportan de manera diferente. Socialmente esta construcción ha sido útil, al asignar roles asimétricos y complementarios a unas y otros. Desde el punto de vista ético, esta construcción legitima la desigualdad y ha sido el blanco de la crítica del feminismo (principalmente el de la igualdad) desde su comienzo.

Curiosamente el lesbianismo ha seguido otra trayectoria, lo que permitiría explicar algunos de sus desencuentros con el movimiento feminista. Las primeras lesbianas en reconocerse como tales, lo hacen desde la perspectiva de cuestionar la obligatoriedad de la orientación sexual hetero, pero no la construcción social de género. Así Radclyffe Hall en su novela pionera de 1928, lo que describe es la asunción por parte de una mujer biológica, de las conductas (incluidas las preferencias sexuales) relacionadas con el rol masculino imperante en ese momento (HALL, 2003). Esta posición no ha cambiado tanto como pueda suponerse. En las cincuenta entrevistas que Beatriz Gimeno recopila, en las que se cuentan las primeras experiencias sexuales de mujeres lesbianas y sus recuerdos al respecto, son frecuentes los casos en que se reconoce la superioridad de la experiencia sexual homo, pero se añora la relación familiar y social hetero, es decir, el cumplimiento de los roles de género (Gimeno, 2002).

La frecuencia de la separación entre butch y femme en las relaciones lésbicas, pone de relieve la persistencia del modelo. En realidad las propuestas lésbicas han tenido fluctuaciones, analizadas por Sheila Jeffreys, que dice: ”En otros tiempos las feministas lesbianas podían sentirse orgullosas de su condición de herejes respecto a los valores del heteropatriarcado. En la actualidad es el feminismo lesbiano el que representa una herejía para muchas lesbianas deseosas de integrarse a la perfección en los valores del heteropatriarcado”(jeffreys, 1996) (p 254)

Sin embargo, lo más cuestionador que implican las relaciones homosexuales es que pueden dinamitar los modelos de género previos y permiten replanteárselos por completo (butler, 2001). Mientras que la base del modelo de relación heterosexual era la complementariedad, en las nuevas relaciones prima la igualdad. Dice Djuna Barnes (barnes, 1997) “Un hombre es otra persona; una mujer es siempre tú misma... en su boca besas tu propia boca. Si te la quitan gritas como si te robaran a ti misma” (p. 163) e insiste en la idea: “Yo creí que la amaba por sí misma y descubrí que la amaba por mí misma” (p. 172).

Las nuevas relaciones no estaban previstas socialmente, por consiguiente no se había elaborado para ellas recetas de conductas, ni conjuntos de expectativas. Desde ese punto de vista, y por la falta de marcos normativos previos, son relaciones abiertas e innovadoras. Algunas escritoras consideran que esto es especialmente favorable para garantizar el éxito de las relaciones. Así Lucía Etxebarría explica: “Con los hombres se parte de la contraposición y con las mujeres de la identificación. Con las mujeres es quizá más ingenuo, los roles no están preestablecidos, ni en la cama ni fuera de ella, y todo se hace más fácil...”(etxebarria, 1998)(p 237)

Pero... ¿Es realmente más fácil establecer una relación sin modelos?
La situación de carencia de roles pre-establecidos tiene tantas ventajas como inconvenientes. Permite la innovación, pero deja confusas las expectativas, por lo que dificulta objetivamente establecer relaciones sin conflictos. Como veíamos al principio, la convivencia implica saber qué se espera de cada persona y qué esperan de nosotras. Si esos marcos no están establecidos socialmente (y evidentemente en el caso de las relaciones lésbicas no lo están) implican un enorme esfuerzo de negociación. Esfuerzo que las mujeres asumen en sus relaciones heterosexuales, para cuestionar algunos de los aspectos de los roles de género establecidos, pero que muchas veces creen que no es necesario asumir en las relaciones homosexuales, como si la igualdad de los puntos de partida garantizara la convivencia, cuando es justamente lo contrario.

En realidad unos roles de género estereotipados resultan de cierta utilidad para zanjar conflictos en las parejas heterosexuales. Si ambos (o alguno de los dos) están convencidos de que “las mujeres son así”, o que “de los hombres no se puede esperar otra cosa”, resulta muy fácil atribuir a estas circunstancias la culpa de las tensiones y liberar a la pareja real, de sus responsabilidades al respecto. La situación de inferioridad social de las mujeres les confería cierto margen de irresponsabilidad (aunque fuera temporalmente). En 1862 George Sand describía así las condiciones de un hombre atractivo “sabía adivinar y prevenir hasta los más mínimos deseos (de las mujeres), halagar las flaquezas, adorar los caprichos, no alarmarse por ninguna frialdad, no resentirse por ninguna negativa, creer siempre en sí mismo, tener siempre esperanza fundada en la debilidad del sexo” (SAND, 1994)(p.124) En 1928, en su “Orlando”, Virginia Wolf describe la misma situación hablando de un secretito que los hombres comparten: “Las mujeres no son más que niños grandes... El hombre inteligente sólo se distrae con ellas, juega con ellas, procura no contradecirlas y las adula” (p. 158). El mismo esquema propuesto de conductas que sugería “tolerancia” por parte de los hombres hacia las “debilidades” femeninas, proponía paciencia y resignación a las mujeres frente a la “natural rudeza” de las conductas masculinas. El modelo era tan asimétrico que dejaba poco margen para las grandes expectativas, y por consiguiente disminuía la sensación de frustración ante el fracaso de las relaciones. Estas podían tipificarse como “malas pero previsibles”

Evidentemente una relación igualitaria se apoya en supuestos diferentes. Si ninguna de las dos personas implicadas tiene un rol de superioridad asignada que hacerse perdonar con la condescendencia, ni una dependencia económica y social que la obligue a la paciencia, no queda más remedio que desarrollar una relación madura, es decir pactada desde la libertad y el respeto mutuos.

Aceptar los límites entre los roles establecidos (cumpliéndolos o invirtiéndolos), saltar las fronteras (produciendo roles nuevos como proponen los “border studies”) o aceptar la fluidez e indeterminación como conductas normales según la interpretación de las “teorías del hibridismo”, son los tres caminos que se han planteado al análisis teórico desde el estudio de los sectores discriminados (étnicos, raciales o de género). En el análisis de las construcciones de género, las teorías queer (butler, 2001) (haraway, 1995) (Stuart, 2005) y los estudios de trasvestismo (Fernández, 2004) han avanzado mucho en ese camino. Pero el problema no es sólo, ni principalmente, de comprensión teórica. Lo que se piense de las relaciones condiciona en gran medida las expectativas que se depositen en ellas. Y todo desfasaje entre las expectativas y las realidades produce frustración.

Muchos de los conflictos que se producen en las parejas de lesbianas se asientan en la ambigüedad de una relación sin supuestos previos. En ese caso ¿Puede darse por supuesto que el amor se manifestará de la misma la forma que en las parejas heterosexuales? ¿Es seguro que la manera más deseable de concretar la relación es la de la convivencia? ¿O es este un modelo generado socialmente para garantizar que las parejas heterosexuales se mantengan juntas para afrontar mejor el cuidado de la descendencia, y no tiene aplicación en el caso de parejas lésbicas? Es evidente que la legalización del matrimonio homosexual permite un reparto más justo de los recursos materiales, y como tal es un derecho irrenunciable. ¿Pero el objetivo es realmente reconstruir, con nuevos ingredientes, la vieja relación familiar?

En las “Conclusiones de la trobada de lesbianes de Catalunya 2005” se señala: “La aprobación de una ley que reconoce el matrimonio de parejas del mismo sexo puede ser vista como un éxito en la medida que favorece la no discriminación por la opción sexual de las personas. Pero al mismo tiempo es una derrota porque contribuye a reducir la pluralidad de relaciones posibles para supeditarlas a la racionalidad de la pareja heterosexual, casada, tradicional”.

Aparte de la cuestión central de la asunción o no del modelo familiar, los malentendidos derivados de la inexistencia de roles previamente establecidos se manifiestan en múltiples situaciones cotidianas. La frecuencia y tipo de la comunicación que se establece, las características de las relaciones sexuales y la centralidad que cada una le otorgue (o no le otorgue) la prioridad o no que la relación afectiva tome con respecto a las otras relaciones sociales, la conveniencia, necesidad o deseo de hacerla pública o de mantenerla en secreto, el mantenimiento o no de fidelidad sexual, son todos ámbitos en que las expectativas de cada integrante de la pareja lésbica, pueden diferir ampliamente de las de su compañera, sintiéndose ambas igualmente legitimadas para considerar correcta su opción.

En todos los casos, la negociación parece la salida más sensata, pero el problema es que los roles sociales normalmente no se negocian salvo en situaciones de conflicto, por lo que las parejas lésbicas (en realidad cualquier relación innovadora) sólo negocia cuando ya ha tropezado con la piedra, es decir cuando ha estallado el desacuerdo.

Hay dos formas de relacionarse, que cuentan con experiencias previas y consenso social y que suelen tomarse como modelos, casi siempre en forma implícita. Una de ellas es la de las relaciones amistosas y la otra la del amor romántico. El modelo amistoso suele considerarse adecuado, ya que por definición implica relaciones libres e igualitarias, pero no se corresponde con la idea de pasión, donde se toma por referente la concepción occidental moderna del amor, que está muy lastrada por el modelo romántico, lo que incluye fuertes contenidos de roles de género. Este último modelo tiene mucha fuerza, porque en sociedades individualistas como es el caso de las actuales sociedades desarrolladas, donde todos los vínculos son débiles, el amor se ha transformado en el sustituto de la religiosidad, del cual se espera que dé sentido a la existencia, además de “el afecto cómodo, la liberación de las cadenas de la edad madura y de la vida monótona, el perdón de los propios pecados, el refugio en la historia de la familia y en los planes futuros” (beck & beck-gernsheim, 2005) (p. 43) Lo utópico de estas expectativas no les hacen perder credibilidad. Como señalábamos en un trabajo anterior, la falta de cumplimiento de estos ideales produce angustia y da la sensación de que algo anda mal en la relación o que esta no es lo suficientemente fuerte (juliano, 2004)

En el caso de los romances heterosexuales, los mismos autores señalan que el mito del amor-pasión se apoya en rituales establecidos “Los fetiches, los sacrificios, las ceremonias, el incienso y los ritos diarios constituyen el contexto visible dentro del cual amamos” (p 52). Las relaciones homosexuales no se benefician de estos andamios imaginarios, pero tampoco los desechan.

Las expectativas implícitas de alguna de las dos integrantes de un romance lésbico, pueden entonces ser un calco de las que esperaría de un amor romántico, con su exclusividad y dedicación temporal, mientras que para la otra el modelo puede ser amistoso y compartido. Cada una por consiguiente se sentirá frustrada en sus expectativas.

De esta distancia de los amores lésbicos con los otros modelos de relación, y de los peligros de caer en un calco de las relaciones exclusivistas, habla Rita Mae Brown en su novela autobiográfica cuando dice: “Quería seguir mi camino. Creo que eso es lo único que siempre he querido: seguir mi camino y encontrar, quizá, de vez en cuando, un poco de amor. Amor sí, pero no un amor eterno con cadenas alrededor de la vagina y un cortocircuito en el cerebro. Para eso, mejor estar sola” (Brown, 1995)(p.114)

Es que no basta con tener nuevas realidades, hay que tener nuevos discursos interpretativos, nuevos modelos interiorizados, a partir de los cuales estas realidades cobren valor y significado. De lo contrario, las realidades diferentes pueden ser vistas no como logros, sino como fracasos en la obtención de la norma, que no resulta cuestionada. Como se concluía en las jornadas citadas: “Consideramos que es necesario buscar alternativas y no centrarnos solamente en este tipo de unión (la que tiene por modelo la pareja heterosexual). Es necesario reivindicar otro tipo de familias y relaciones”. Esto implica la necesidad y el desafío de idear nuevas formas de convivencia. También implica reconocer que todas las innovaciones tienen sus costes.

Bibliografía citada
barnes, D. (1997). El bosque de la noche. Barcelona: Seix - Barral.
beck, U., & beck-gernsheim, E. (2005). "El caos cotidiano del amor". Archipiélago, Nº 67, 43-55. Brown, R. M. (1995). Frutos de rubí. Crónica de mi vida lesbiana. Madrid: Horas y horas.
butler, J. (2001). La cuestión de la transformación social. In beck-gernsheim, butler & puigvert (Eds.), Mujeres y transformaciones sociales (pp. 7-31). Barcelona: El Roure.
(2001), El género en disputa, Paidós, México “Conclusiones de la trobada de lesbianes de Catalunya" 2005. Barcelona
etxebarria, L. (1998). Amor, curiosidad, prozac y dudas. Barcelona: Plaza y Janés.
Fernández, J. (2004). Cuerpos desobedientes. Travestismo e identidad de género. Buenos Aires: Edhasa.
Gimeno, B. (2002). Primeras caricias. Barcelona: Ediciones de la Tempestad.
HALL, R. (2003). El pozo de la soledad. Barcelona: Ediciones de la Tempestad.
haraway, D. J. (1995). Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra. jeffreys, S. (1996). La herejía lesbiana. Una perspectiva feminista de la revolución sexual lesbiana. Madrid.: Ediciones Cátedra.
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(Fuente: rebelion.org)