28 agosto 2011

Jenny Llanos - Peru 21: Hembros y machas

Transcrito del Diario Perú 21 - 30.01.11

Por Jenny Llanos

Hembros y machas
El derecho a ejercer control sobre sus cuerpos es el principal punto de coincidencia entre feministas y activistas gays. Si las mujeres heterosexuales reivindicaban el libre acceso a métodos de anticoncepción y (siguen reivindicando, en países como el nuestro) la legalización del aborto, los gays reclamaban (y siguen reclamando, en ciertas partes del mundo) que las autoridades los dejaran hacer con sus aparatos genitales lo que buenamente se les antojara, tal y como los varones heterosexuales venían haciendo desde las cavernas.

Pero ese no es el único factor común de ambos movimientos. Durante mucho tiempo cualquier actitud poco convencional de la mujer –desde hilvanar un par de lisuras hasta trabajar fuera de casa– se castigaba con un “pareces machona”. Ahora, a los homosexuales que exigen que se les reconozca el derecho de contraer matrimonio les dicen que “parecen hembritas”.

No por gusto, gays y mujeres hemos tenido que abrir a patadas las puertas que nos habían cerrado desde los siglos de los siglos: las mujeres salimos disparadas de las cocinas, y la comunidad gay no termina de salir del clóset. Diferencias aparte, ambas analogías se resumen a lo mismo: romper el encierro –de la vida doméstica, en el caso de la mujer; del silencio, para los homosexuales– y tomar posiciones en la esfera pública. De ahí que, pese a no pocas discrepancias de fondo, el feminismo y el activismo homosexual han avanzado hombro a hombro en las décadas recientes. Si alguna institución ha favorecido esa cohesión, esa es sin duda la Iglesia, infatigable en su deber de acercarnos aun más en el baile de los que sobran.

La iglesia que no acepta el divorcio de heterosexuales tampoco acepta el matrimonio de homosexuales. La iglesia que les da la espalda a los homosexuales, recibe con los brazos abiertos a las mujeres dispuestas a someterse a una de las jerarquías más descaradamente falocráticas que se conozcan. Esa iglesia que conmina a las mujeres a tener hijos contra su voluntad y que abomina de los métodos anticonceptivos es la misma que se niega a aceptar que los homosexuales sean autorizados a adoptar a los niños que otros no quieren.

Con todo esto, es natural que las personas abiertamente lesbianas o gays no se dejen ver a menudo por las parroquias. En cambio, sí resulta por lo menos extraño que hasta el momento no se haya detectado un significativo descenso de fieles femeninas en las filas católicas, apostólicas y romanas. Quienes han reparado en este curioso detalle, creen que todo se debe a que las mujeres somos más tolerantes con el maltrato. Más me pegas más te quiero, así sería nuestra relación con el ente eclesial: Me impides oficiar misa, pues no me pierdo ni una. Me prohíbes que tome la píldora, bueno, me conformo con la hostia. No quieres que use condón, entonces me pondré un hábito.

Si esta es la explicación correcta, pues nada, van por buen camino los prelados. Más bien qué esperan para incorporar otras medidas punitivas contra el sector femenino antes de que sus ovejas masoquistas se muden a la mezquita más cercana.

Sin embargo, hay quienes sostienen una teoría bastante más interesante. El futuro de la iglesia católica son las mujeres. Se acerca el tiempo –dice esa voz que grita en el desierto– en que esas mujeres que hasta hoy solo han apretado los dientes frente a la hostilidad de sus pastores, se tropezarán con la cachetada que les quite las ganas de poner la otra mejilla. Si es que eso no ha ocurrido ya. Porque ya sabemos lo que se dice por ahí: que una mujer puede aguantar mucho, demasiado inclusive, pero anda a ver cómo se ponen cuando les quieren crucificar a sus hijos. O a sus nietos. O a sus hermanas.

De ser así, deberían pensárselo mejor los que toman las decisiones en las altas esferas terrenocelestiales. Por ahí que –como diría el profeta– todavía tienen chance de enmendar el camino. No vaya a ser que uno de estos días las mansas ovejas se despierten convertidas en machos cabríos, sin una pizca de vergüenza. Ni de temor.

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