10 diciembre 2012

Vero Ferrari - Diario 16: Violencias cotidianas

Transcrito de Diario16 - 10.12.2012
Publicación original

Por Verónica Ferrari

Violencias cotidianas


Cuando trabajaba en una editorial jurídica, en un momento de descanso mi jefe dijo que las chicas podíamos ir preparando café. De esa forma nos colocaba en la posición que él creía que teníamos las mujeres: la subalternidad. Es decir, ejercía y reforzaba su poder al colocar a ciertos sujetos en una posición de inferioridad por una característica determinada, el ser mujeres. Lo mismo sucede con clase y raza: se colocan a unas personas por encima de otras por su color de piel, su extracción social, su cultura, su lenguaje, su forma de vida, sus opiniones, y, por lo tanto, se nos hace creer que hay vidas que importan menos, que son prescindibles y que pueden ser sacrificadas, invisibilizadas y violentadas. En estos días hemos visto claros ejemplos de ello.

El 26 de noviembre nuestra selección de vóleibol ganó el Sudamericano, todos fuimos testigos del coraje con el que estas jóvenes vencieron a un rival poderoso y celebramos con ellas este triunfo. Pero luego los medios se encargarían de colocar las cosas “en su lugar”. A los dos días veíamos este tipo de titulares: “Sexys matadorcitas: Campeonas se lucen fuera de la cancha” (RPP) y “Matadorcitas: Sexys dentro y fuera de la cancha” (Capital), evidenciando de esa forma la profunda y terrible necesidad de convertirlas en objetos sexuales más que en personas luchadoras y valientes. La vigilancia de género se hizo presente para quitarles toda agencia y convertirlas, otra vez, en las mujeres ‘que debían ser’.

El 30 de noviembre fallecieron en un accidente de tránsito cuatro personas, pero las noticias solo resaltaban la muerte de tres de ellas. Gastón Acurio se lamentaba en su Twitter: “Se vienen días muy tristes. Despedir a 3 héroes. Nuestra joven futura lideresa, el caballero de la cocina y el que vino a amar al Perú”. Y Caretas lo titulaba como “Tres grandes chicos”, y en letras pequeñas: “La partida prematura de Lorena Valdivia, Jason Nanka e Iván Kisic enlutan la cocina. Campesina María Huamaní se fue con ellos”. La muerte de María Huamaní, al parecer, constituía solo un detalle menor en la tragedia. Negar que las tres pérdidas se lamentaron más porque eran jóvenes de clase alta sería ingenuo, porque es sobre la base de esta y otras categorías que se construye lo que se valora y lo que no. Es claro cómo se instala el racismo a través de estas frases: primero, se crea una separación entre cuatro personas que murieron juntas; segundo, se lamenta lo prematuro de solo unas muertes; y tercero, se coloca a la otra en un lugar marginal y es la única a la que se le añade su extracción social. No reconocer el mismo estatus de cocinera de Huamaní (quien era “campesina” para unos y “productora” para otros), que también contribuía al futuro del país, que era una heroína y que su muerte es tan lamentable como las demás, es marcar diferencias, diferencias que producen y mantienen formas de opresión naturalizadas.

El 30 de noviembre nos enteramos de que el ministro de Trabajo agredió verbal y físicamente a una empleada de una aerolínea y amenazó con despedirla. La empleada interpuso una demanda y el médico legista certificó la violencia, pero lo que vimos después por parte del gobierno fue realmente escalofriante: el primer ministro nos decía que era “un incidente aislado y superado”; y la primera dama, que el ministro “ya pidió disculpas”. Lo que nos dice el Estado a las mujeres es que si un hombre nos insulta, golpea y amenaza, lo perdonemos, lo olvidemos y sigamos con nuestra vida como si nada hubiera pasado, hasta la próxima violencia, la que quizá sí logre su cometido, la que quizá sí nos mate. Ahora sabemos que la empleada retiró la denuncia, que la aerolínea se lavó las manos y que el gobierno aún mantiene a este ministro cínico, prepotente y violento.

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